Alfredo Etchegaray dijo  que Uruguay podría usar fondos alemanes para comprar la parte privada y evitar que el águila se exhiba

Un fallo conocido en las últimas horas condenó al Ministerio de Defensa Nacional y a la Prefectura Nacional Naval a «disponer y realizar la venta onerosa del Águila y del Telémetro del Graf Spee dentro de un plazo de 90 días (contados desde que quede ejecutoriada la sentencia) y a compartir el 50% de lo producido con los permisarios».

El acorazado alemán de bolsillo Admiral Graf Spee llegó al puerto de Montevideo en diciembre de 1939, seriamente averiado luego de la recordada Batalla del Río de la Plata, donde se enfrentó a tres navíos de guerra británicos. Al cabo de varios días de gestiones y de gran efervescencia a nivel diplomático, el capitán de la embarcación decidió hundirla, dado que no contaba con los recursos ni el tiempo para hacer las reparaciones necesarias, y a que los servicios de inteligencia británicos habían logrado hacerle creer que más buques enemigos lo aguardaban a la salida de las aguas uruguayas, algo que no era cierto.

Con esta resolución, se llega casi al final de una novela que lleva ya 15 años, desde que el águila nazi fuera localizada en el Río de la Plata. El principal permisario e impulsor de esta aventura fue el relacionista público Alfredo Etchegaray (junto a su hermano Felipe y el buzo Héctor Bado, ya fallecido), que en este tiempo debió enfrentar una gran resistencia a la venta, impulsada por las presiones del gobierno alemán.

En 2012, el buzo Héctor Bado (quien rescató el águila y otros elementos del acorazado nazi) dijo a El País que hubo «sugerencias» del gobierno alemán para que el águila no se exhibiera ni se sacara del país, lo que explicaba la deriva a un juicio y el hecho de que el águila quedara durante todo este tiempo guardada en una caja de madera, sin exhibirse.

Alfredo Etchegaray dijo que «el Estado tiene obligación por ley de lograr el mejor precio posible», en un llamado a ofertas o «una subasta internacional, bien comunicada y con libre circulación».

¿Cuál es el posible destino del águila que sigue causando conmoción, casi setenta años después de hundirse en nuestras aguas? Según Etchegaray, se necesitan dos museos con recursos económicos interesantes para que la pieza se pague «los 60 millones de euros que dice la prensa internacional que vale, o que se paguen 10, o se paguen 100».

No es obligación que sean museos y de hecho pueden ofertar particulares, pero «interesa que se sepa cuál es el destino», dijo. «La cultura es un gran negocio, la recaudación de los museos es multimilllonaria y reciben donaciones de empresas que pueden descontar impuestos. Por lo tanto, para un museo se paga solo, porque recauda millones de dólares si es en París, Londres o Nueva York», dijo.

Sin embargo, el Estado tiene otras alternativas si no desea que sea así. El relacionista recordó que el fallecido exministro (de Defensa) Jorge Menéndez dijo un tiempo atrás que Alemania ofreció fondos para presionar al Ministerio con el objetivo de que incumpliera el contrato y el águila no se exhibiera ni se vendiera. Es decir, podría darle fondos para que el Estado negocie y el águila quede en Uruguay. «También podría comprar la parte privada (recordemos que el 50% corresponde al Estado) o pedirle a los permisarios que otorguen copias idénticas del águila para los museos uruguayos y que la original vaya para subasta internacional», dijo.

¿Cuál es la mejor solución para Etchegaray? «Me gusta la armonía y el equilibrio. La mejor batalla es la que se evita», dijo. A su juicio, «la combinación perfecta es que Alemania, que tiene el dinero y quiere que el águila quede en Uruguay porque le molesta que se exhiba en el museo del Holocausto de Israel o Washington (dos de los museos que mandaron personas a consultar) pone los rubros, que para ellos son centavos».»Y Uruguay, que quiere no perjudicarse, recibe la plata de Alemania y cumple con el contrato comprando el 50% de los privados», agregó.

Si no hay resistencia alemana, una buena opción es que el águila vaya a subasta internacional, que el destino de la pieza sea cultural («¿porque quién quiere tener esto guardado en una buhardilla?), y se hacen las copias ya mencionadas para Uruguay.

Con respecto a la polémica sobre su exhibición, Etchegaray dijo que el único obstáculo es alemán. Explicó que cuando sacó el águila consultó al Comité Israelita, que le dijo por escrito que no tenía problema alguno en que se exhibiera. Recordó que ha sido invitado por la B’nai B’rith a dar conferencia sobre este tema.

«Tercero, la esvástica era un símbolo judío y está en sinagogas antiguas, de 3.000 años de antigüedad. Cuarto, ya hay un águila nazi igual en el Imperial War Museum de Londres, en la sección dedicada al Holocausto. Quinto, los que más se interesaron por exhibir el águila son los museos del Holocausto, y sexto, estas instituciones tienen en exhibición objetos nazis».

«Solamente algunas personas ortodoxas muy mayores de Alemania han hecho presión porque es incómodo el tema nazi para los alemanes de más edad», dijo.

En el caso de Uruguay y las presiones, recordó que el exrepresentante del Ministerio de Defensa en este caso declaró que dos veces la embajada alemana pidió una reunión para solicitar que el águila no se vendiera ni exhibiera. «Alemania nos ha mandado un par de barcos viejos que tiene la Armada, que son de colección», ilustró al respecto, para concluir: «No tenemos independencia ni soberanía, dependemos del gobernante de turno».

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