El 11 de marzo de 2020, el mismo día en que la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia, el virólogo argentino Pablo Goldschmidt daba entrevistas desde Francia sosteniendo que el coronavirus provocaba «ni más ni menos que un resfrío fuerte o gripe» y que el pánico era injustificado. La frase recorrió el mundo hispanohablante.
Pasaron más de cinco años. Ya no hace falta especular: existen datos. Este artículo revisa qué afirmó exactamente, qué mostraron después las cifras y en qué acertó, porque la respuesta honesta no es un simple sí o no.
Quién es Pablo Goldschmidt
Conviene empezar por acá, porque sus declaraciones circularon a menudo sin contexto y eso funciona en las dos direcciones: sirvió para presentarlo como una autoridad indiscutible y también para descartarlo como un charlatán. Ninguna de las dos cosas es exacta.
Goldschmidt es bioquímico, farmacéutico y psicólogo egresado de la Universidad de Buenos Aires, con un doctorado en farmacología molecular por la Université Pierre et Marie Curie de París y formación en los institutos Curie y Pasteur. Trabajó en hospitales públicos franceses y colaboró como voluntario con la OMS. Es decir: tenía credenciales científicas reales.
Eso es justamente lo que vuelve interesante el caso. No se trata de alguien sin formación opinando de algo que desconocía, sino de un especialista con trayectoria que llegó a una conclusión equivocada en el punto central y acertada en otros. Entender cómo pasa eso es más útil que repartir etiquetas.
Qué dijo exactamente en marzo de 2020
Sus declaraciones de aquellos días se pueden resumir en cuatro afirmaciones diferenciadas, y es importante separarlas porque no todas corrieron la misma suerte.
Primera: que el virus provocaba un cuadro equivalente a un resfrío fuerte o una gripe.
Segunda: que el pánico era injustificado y que las opiniones de expertos internacionales, amplificadas por medios y redes sociales, estaban replicando un miedo desproporcionado similar al de brotes anteriores como el SARS de 2003 y la gripe H1N1 de 2009.
Tercera: que toda enfermedad respiratoria, incluso una benigna, puede afectar gravemente a poblaciones frágiles: personas mayores con problemas cardiovasculares, inmunodeprimidos y quienes no tienen acceso a atención médica adecuada.
Cuarta: que las estadísticas de mortalidad no se explican solo por factores biológicos, sino también por la calidad del sistema sanitario, la rapidez del tratamiento y la disponibilidad de medicamentos.
El número que cambia toda la discusión
Casi todas las revisiones de este tema usan la cifra de muertes confirmadas por COVID-19, que ronda los 7 millones. Ese número subestima el daño, y no es una opinión: lo advierte la propia OMS, que explica que las muertes confirmadas no capturan a quienes murieron sin diagnóstico, ni las diferencias de criterio entre países, ni las muertes indirectas provocadas por la saturación sanitaria.
Por eso la OMS calcula el exceso de mortalidad: la diferencia entre las muertes que efectivamente ocurrieron y las que se habrían esperado sin pandemia, según los datos de años anteriores. Es la medida más honesta que existe.
El resultado, publicado por la OMS a través de Naciones Unidas, es contundente: 14,9 millones de muertes en exceso solo entre 2020 y 2021, frente a 5,4 millones reportadas oficialmente en ese mismo período. Una diferencia de 9,5 millones de personas.
Dicho de otro modo: en los dos primeros años, la pandemia mató casi el triple de lo que los registros oficiales mostraban en ese momento. Y ese momento era, precisamente, cuando se discutía si el pánico estaba justificado.
Dónde se equivocó, y por cuánto
La afirmación central —que el coronavirus provocaba «ni más ni menos» que un resfrío fuerte o una gripe— es verificable, y no resiste el contraste.
Según la propia OMS, la gripe estacional causa entre 290.000 y 650.000 muertes respiratorias por año en todo el mundo. En dos años, eso da un rango aproximado de 580.000 a 1,3 millones de muertes.
El exceso de mortalidad de la pandemia en ese mismo lapso fue de 14,9 millones. La diferencia no es de matiz: la pandemia mató entre once y veintiséis veces más que un período equivalente de gripe estacional. La comparación con un resfrío fuerte estuvo equivocada por un orden de magnitud.
Su analogía con el SARS de 2003 y la H1N1 de 2009 tampoco se sostuvo, aunque el razonamiento era comprensible en marzo de 2020: aquellos brotes efectivamente habían generado alarma mundial sin llegar a las cifras que se anticipaban. El error fue asumir que este seguiría el mismo patrón cuando la evidencia todavía no alcanzaba para afirmarlo en ninguna dirección.
Dónde tuvo razón, y por qué casi nadie lo nota
Acá está la parte contraintuitiva, y es la más interesante del caso.
Goldschmidt advirtió que la mortalidad no depende solo del virus sino del sistema sanitario: de la calidad de la atención, de la rapidez del tratamiento, del acceso a medicamentos. Y advirtió que la interrupción de la atención médica habitual podía causar daño propio.
Eso resultó cierto. Y lo notable es dónde quedó registrado: la metodología con la que la OMS calcula el exceso de mortalidad incluye explícitamente las muertes indirectas provocadas por la interrupción de programas de prevención y de tratamientos de otras enfermedades, y por sistemas sanitarios desbordados que no pudieron atender otras emergencias.
O sea: el daño colateral que él anticipó está contado adentro de los 14,9 millones. La misma cifra que desmiente su afirmación principal contiene la confirmación de su advertencia secundaria.
Su tercera afirmación también se sostuvo: que las enfermedades respiratorias golpean con mucha más dureza a personas mayores, con problemas cardiovasculares o inmunodeprimidas. Fue exactamente el patrón que siguió la mortalidad por COVID-19.
El balance, sin concesiones para ningún lado
Puesto en una línea: se equivocó en la magnitud y acertó en la mecánica.
Entendió correctamente cómo funcionaba el problema —que el resultado sanitario depende del sistema de salud tanto como del patógeno, que las poblaciones frágiles concentran el riesgo, que interrumpir la atención habitual mata gente— y se equivocó de manera grave al estimar la escala, que era la variable decisiva para definir qué respuesta correspondía.
Y esa distinción importa, porque el error de escala no fue un detalle técnico. De la escala dependía todo lo demás. Si el virus hubiera provocado efectivamente lo que una gripe fuerte, buena parte de las medidas habrían sido desproporcionadas. Al ser entre once y veintiséis veces peor, la discusión sobre proporcionalidad cambia por completo de terreno.
Qué deja este caso para la próxima vez
La lección no es «no escuchen a los científicos disidentes». Es más incómoda que eso.
Goldschmidt tenía credenciales legítimas y varias de sus observaciones eran correctas. Aun así, la afirmación que más circuló —la que se convirtió en titular— fue la que estaba equivocada. Las credenciales de quien habla no garantizan que cada afirmación suya sea correcta, y una persona puede tener razón en tres cosas y equivocarse justo en la que más consecuencias tenía.
La otra lección es sobre el tiempo. En marzo de 2020 no existían los datos para saldar la discusión, y cualquier afirmación categórica en cualquier dirección era, en ese momento, una apuesta. El problema no fue tanto disentir como hacerlo con una certeza que la evidencia disponible no habilitaba.
Preguntas frecuentes
¿Cuántas personas murieron realmente por la pandemia?
Las muertes confirmadas por COVID-19 rondan los 7 millones, pero la OMS estima el exceso de mortalidad en 14,9 millones solo para 2020 y 2021. Esa segunda cifra es la más representativa porque incluye muertes sin diagnóstico y muertes indirectas por colapso sanitario.
¿Qué es el exceso de mortalidad y por qué se usa?
Es la diferencia entre las muertes ocurridas y las que se habrían esperado sin pandemia, calculada sobre datos históricos. Se usa porque no depende de la capacidad de testeo de cada país ni de sus criterios para registrar una causa de muerte, que variaron enormemente.
¿Entonces Goldschmidt mintió?
No hay elementos para afirmar eso. Se equivocó, que es distinto. Expresó una posición con las credenciales y la información que tenía en marzo de 2020, y el punto central de esa posición resultó incorrecto. Varias de sus observaciones secundarias, en cambio, se confirmaron.
¿Los confinamientos causaron muertes?
La OMS reconoce que la interrupción de programas de prevención y de tratamientos de otras enfermedades produjo muertes indirectas, y las contabiliza dentro del exceso de mortalidad. Cuánto de esa interrupción se debió a las medidas y cuánto al colapso de los sistemas de salud es una discusión que sigue abierta entre especialistas.
En resumen
A cinco años de distancia, el saldo es claro y no admite lecturas cómodas. La comparación del coronavirus con un resfrío fuerte o una gripe fue incorrecta por un factor de entre once y veintiséis. El pánico, entendido como reacción emocional desorganizada, nunca es útil; pero la preocupación sí estaba justificada, y los datos la respaldaron.
Al mismo tiempo, sus advertencias sobre el peso del sistema sanitario y sobre el costo de interrumpir la atención médica habitual resultaron correctas, y están contabilizadas dentro de la misma cifra que desmiente su afirmación principal.
Revisar esto no es un ejercicio de reproche retrospectivo. Es la única forma de leer mejor la próxima vez, cuando otra vez haya que decidir con información incompleta.
Fuentes: estimaciones de exceso de mortalidad de la Organización Mundial de la Salud para 2020-2021 difundidas por Naciones Unidas; datos de la OMS sobre mortalidad por gripe estacional; declaraciones de Pablo Goldschmidt publicadas en medios argentinos el 11 de marzo de 2020.
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